Crónica del Santander Music 2026 en La Magdalena
30000 almas en La Magdalena por el Santander Music
Entre el marco incomparable del Cantábrico, en la siempre majestuosa bahía de Santander, y con un sold out rotundo con 30000 almas en La Magdalena, el festival regaló una noche de verano maravillosa repleta de sorpresas visuales, colaboraciones y magnetismo.
Si el festival prometía emociones fuertes, el primer plato nos lo sirvió el acceso a La Magdalena. Entre las carreteras colapsadas, el sold out y medio mundo disfrutando de las espectaculares playas de Santander justo al lado, llegar al recinto fue un verdadero deporte de riesgo. La jugada se cobró dos víctimas musicales: nos fue imposible llegar a tiempo para ver a Toldos Verdes (18:30 h) y a Xoel López (19:15 h). ¿Nos dio rabia? Un poco. ¿Nos quitó las ganas? ¡Para nada! Fue cruzar la puerta, ver el mar de fondo y olvidarnos de la caravana para entregarnos al 100% al fiestón.
Fue pisar La Magdalena y escuchar la apisonadora de La URSS para que se nos pasaran todos los males. Ya nos lo había advertido una amiga y pudimos ratificarlo al instante: los granadinos son una auténtica fuerza de la naturaleza sobre el escenario. Como uno de los nombres de culto más respetados del punk rock estatal, el combo de Granada desplegó su característico sonido oscuro, rabioso y cargado de lírica punzante —muy en la línea del punk clásico de los 80—, regalándonos una lección de actitud e intensidad que sirvió como el verdadero disparo de salida de nuestra noche.»
Tras la descarga ruda de La URSS, llegó uno de los momentos más esperados a nivel personal: Carlos Ares. Era la primera vez que le veía en directo y la sorpresa fue mayúscula desde el primer segundo. Antes de dar la primera nota, la banda al completo salió a primera línea del escenario para hacer una reverencia conjunta inclinando el cuerpo ante el público, un gesto precioso con el que Carlos quiso dar máxima importancia a sus músicos desde el arranque.
A partir de ahí, la sintonía sobre las tablas fue total. Transmitían una alegría desbordante y un «buen rollo» contagioso que se metió a la campa en el bolsillo; mención especial para las dos chicas de la banda, que no pararon de moverse, bailar, sonreír y animar a la gente durante todo el show. Todo esto, sumado a una cuidada y arriesgada estética, y ese curioso artilugio en el escenario —una estructura sonora de poleas de la que colgaban campanas y de la que tiraban manualmente para hacerlas sonar en directo—, convirtió el show en un despliegue de originalidad orgánica y en uno de los mejores conciertos de la noche.
Con Triángulo de Amor Bizarro no hay medias tintas ni etiquetas que valgan. Los gallegos salieron a comerse el escenario con esa tormenta eléctrica tan suya, donde los pedales de distorsión y los muros de sonido te envuelven hasta dejarte casi sin aliento. Un vendaval de sonido crudo y personalidad desbordante que volvió a demostrar por qué juegan en su propia liga dentro del panorama alternativo. Mientras tanto, en las primeras filas del escenario principal ya se respiraba una expectación palpable, con una marea de gente cogiendo posiciones estratégicas para no perderse a Siloé, disfrutando del vendaval gallegos mientras guardaban el sitio para el gran momento de la noche. Cada vez es más habitual cruzarse por los recintos de media España con camisetas de Siloé luciendo ese lema que se ha vuelto un auténtico grito de guerra: «¿Qué tal si mandamos a todos a tomar por culo?». Una marea de festivaleros guardaba posiciones de forma estratégica para no perder sitio antes del que yo diría gran momento de la noche: la llegada de los de Valladolid, quienes arrancaron su concierto precisamente con «Si Me Necesitas, Llámame», el tema que contiene esos versos iniciales y que desató el delirio desde la primera nota.
Tras haber descubierto a Siloé en la mítica sala Santana 27 de Bilbao el 28 de marzo gracias a una amiga que me dijo vente a verlos, esta cita suponía la tercera vez cruzando caminos con ellos en lo que va de año. Y aunque a estas alturas uno ya sabe perfectamente la bomba de energía que se va a encontrar sobre las tablas, la efectividad de sus canciones —tan pegadizas como cargadas de una emoción que conecta de lleno con el público— sigue resultando infalible.
Resulta muy curioso además ver cómo Fito Robles (vocalista y guitarrista) recurre constantemente al uso del megáfono. Aunque es un recurso que alguna otra banda utiliza puntualmente, en Siloé se convierte en una seña de identidad propia, rasgando la voz y dándole una textura de arenga callejera que amplifica aún más la intensidad del show.
El concierto tuvo su primer gran pico de complicidad cuando se confirmó la intuición que rondaba mi cabeza y le dije a mi colega de camino al recinto: Carlos Ares subió al escenario para compartir micrófono con Siloé, regalando un instante realmente mágico.
Pero el tramo final fue, sencillamente, espectacular. Enlazar «Que merezca la pena» con su himno «Todos los besos» hizo temblar literalmente el suelo de La Magdalena, desatando una catarsis colectiva que culminó por todo lo alto cuando Fito se lanzó directamente a cantar entre la multitud en las primeras filas, cumpliendo con ese ritual de cercanía que ya es sello indiscutible de la banda. Cada vez que los escucho tengo que volver a casa escuchando «Que merezca la pena» una y otra vez.
Tras el despliegue de Siloé, la madrugada reservaba uno de los grandes descubrimientos personales de la noche con Rata. Era un grupo totalmente desconocido para mí hasta la fecha, pero la sorpresa fue absoluta. Resulta impresionante ver cómo una formación compuesta únicamente por dos músicos —un batería que además aporta coros y un guitarrista/vocalista— es capaz de levantar semejante muro de sonido y llenar el escenario con semejante contundencia. Sin embargo, lo que terminó de descolocarme fue la respuesta de la campa: una marea enorme de fieles abarrotaba las primeras filas cantándose absolutamente todas sus canciones de principio a fin. Una auténtica lección de actitud, potencia y conexión con una base de seguidores fiel que convirtió su pase en un auténtico hallazgo.
Tras el paso de Rata, llegó otra de las grandes sorpresas personales con Pignoise. Tenía muchas ganas de verles. Era la primera vez que les veía en directo y Álvaro Benito demostrando ser de ese tipo de gente que tiene un «algo» especial. Impresiona su historia personal —cómo la fatalidad de una lesión le apartó del césped del Real Madrid para reescribir su destino en la música y ser hoy, además, para mí el mejor analista de fútbol tanto en radio como en televisión. Me llamó muchísimo la atención ver a tantísima gente joven cantándose sus canciones de pe a pa. Aunque soltaron un bombazo nada más empezar, el fin de fiesta fue antológico encadenando «Te entiendo», «Estoy enfermo» y el remate lo pusieron con Fito Robles (Siloé) saltando a cantar «Nada que perder» con ellos. Oso ondo.
Para cerrar por todo lo alto, Coolnenas se encargaron de exprimir las últimas fuerzas de quienes aún querían más. Verlas en acción fue pura dinamismo: no solo marcaban el ritmo desde los platos, sino que cantaban y bailaban sobre el escenario contagiándonos a todos con una vibra alucinante. El broche perfecto para certificar que en La Magdalena la buena música y las ganas de bailar duran hasta el último segundo.
(Redactor: David R)
