Crónica de Maldita Nerea en el Teatro Arriaga de Bilbao

Maldita Nerea convierte el Teatro Arriaga de Bilbao en una noche de canciones, historias y mucha cercanía

El Teatro Arriaga acogió el pasado 16 de abril un concierto de Maldita Nerea que fue bastante más que una sucesión de canciones. La propuesta estaba planteada como un recorrido por toda la carrera del grupo, desde los primeros discos hasta el último, y eso se notó desde el arranque. Jorge Ruiz lo dejó claro desde el principio: aquello era «Origen», un viaje por su cancionero en el que se sabía cómo empezaba, pero no cómo iba a acabar. Y así fue. Durante casi tres horas, el concierto fue creciendo entre música, humor, recuerdos y una relación constante con el público.
La noche arrancó con la actuación de Paula Caveira, acompañada a la guitarra por Adrián de Castro. Fue un muy buen inicio de velada. Paula sonó muy bien, con una voz bonita, cálida y muy afinada, y con unas letras delicadas y cuidadas. Adrián de Castro la acompañó con gusto y solidez, dando forma a una apertura acústica sencilla, elegante y efectiva. Dejó muy buen poso antes de la salida de Maldita Nerea.
Ya con la banda sobre el escenario, Jorge Ruiz empezó a explicar el sentido del concierto. Arrancaron con “Madre”, una canción del último disco que, según explicó, habla del origen, de la matriz y de ese punto de partida común que todos compartimos. A partir de ahí, el repertorio fue avanzando poco a poco por toda la trayectoria de Maldita Nerea: recordó que “Siempre estaré ahí” era la canción más antigua con la que él se reconocía y siguió después con “Piedra, papel o tijera”, ya vinculada a los primeros tiempos del grupo. Ese fue el esquema de toda la noche: ir atravesando etapas, deteniéndose en canciones concretas de cada disco hasta llegar al final del camino.

Uno de los grandes aciertos del formato fue dejar desde el principio una puerta abierta a que el público interviniera. Jorge advirtió que cualquiera podía interrumpir para contar algo y subir al escenario. De hecho, una de las primeras imágenes de la noche fueron dos sillas colocadas para esas conversaciones improvisadas. Lo que nadie esperaba es que, en mitad de una de ellas, apareciera la palabra “diván” y aquello dejara de ser una simple ocurrencia: las dos sillas acabaron siendo sustituidas por un diván real del propio teatro. Ese detalle terminó de definir el tono del concierto, a medio camino entre recital, charla abierta y encuentro con seguidores.

Jorge Ruiz manejó ese clima con mucha naturalidad, mezclando cercanía y humor. Bromeó desde muy pronto con las risas que localizaba entre el público, pidió a Judith, a la que presentó como “la diosa de la luz”, que iluminara determinados puntos de la sala y fue jugando con la supuesta timidez del público bilbaíno. También lanzó una pequeña encuesta para saber cuántos asistentes estaban en su primer concierto de Maldita Nerea y recordó algo que repitió varias veces durante la noche: que sus canciones están hechas para ser cantadas, y que en un teatro eso siempre cuesta un poco más. Aun así, fue tirando del público poco a poco, hasta conseguir que la sala se fuese soltando.
En el escenario, Jorge Ruiz estuvo acompañado en los teclados por un tocayo chileno (Jorge Vera Aguilera), por un guitarrista (Jose Miguel Sánchez Jiménez) y por un batería gallego (Miguel Lamas Fernández). La banda sostuvo con solvencia un concierto largo y muy cambiante, porque la exigencia no estaba solo en tocar bien, sino en acompañar el ritmo de una noche donde cada canción podía desembocar en una historia, una broma o una confesión inesperada.

Y ahí estuvieron algunos de los momentos más especiales. Uno de los más bonitos fue el protagonizado por una pareja joven que subió al escenario para contar que se habían enamorado en Chile con la música de Maldita Nerea muy presente en su historia. Habían venido expresamente a Bilbao para asistir al concierto, y ese gesto ya emocionó por sí solo al teatro. Después del concierto pudimos hablar un rato con ellos y nos contaron que al día siguiente regresaban a Chile, lo que da todavía más valor al viaje y a la ilusión con la que vivieron esa noche en el Arriaga. Fue uno de esos instantes que resumen muy bien el vínculo que este grupo ha creado con su público a lo largo de los años.
Hubo más historias que fueron dando cuerpo a la noche. Una de las más conmovedoras llegó cuando una persona del público habló de la pérdida de su madre y de lo difícil que le resultaba escuchar “Madre” sin romperse. Jorge recogió ese momento con mucha sensibilidad y enlazó después con una canción escrita para su padre, generando uno de los pasajes más emotivos del concierto. En otro momento, recordó su etapa universitaria en Salamanca, donde estudió Logopedia, y contó con humor que en una clase con una abrumadora mayoría de mujeres terminó siendo elegido delegado. También dejó una de esas frases que resumen bastante bien su manera de estar en escena: dijo que los murcianos tienen una especie de “malformación genética” por la que no procesan bien el “no”, porque donde otros ven límites ellos ven horizontes.
Otra de las ideas que marcó la noche fue su defensa de las canciones luminosas. Jorge explicó que a él siempre le ha interesado más hablar de lo positivo que de la falta, el desamor o la pérdida, no porque tenga más mérito, sino porque es lo que le sale de forma natural. En ese contexto introdujo también una reflexión muy clara sobre la educación, a la que definió como el único elemento realmente transformador de la sociedad, y lanzó una frase que conectó mucho con el público: una sociedad que no escucha a sus niños es una sociedad perdida. Ese mensaje sirvió además para uno de los rituales más bonitos del concierto, cuando pidió apagar por completo las luces para que el público encendiera las suyas y acompañara “En el mundo genial de las cosas que dices”.
Tampoco faltaron los momentos de puro juego con la sala. Hubo uno especialmente simpático cuando, a partir de una historia subida al diván por una seguidora llamada Nerea, Jorge montó una pequeña escena sobre la supuesta dificultad de los hombres para expresar las emociones. Pidió silencio a las mujeres, bajó las luces y animó a “los chicos de Bilbao” a cantar con él en un “espacio de completa seguridad”. Fue una escena divertida, muy teatral y muy bien llevada, de esas que hacen que un concierto tenga vida propia y no vaya siempre por el carril previsto.
También resultó muy interesante la historia que contó antes de una de las canciones más significativas del tramo final. Relató que fue invitado a participar en una de las carreras más duras del mundo junto a un equipo ciclista formado por deportistas con distintas discapacidades. En la primera etapa, confesó, se dio cuenta de que el ciclista discapacitado era él. De ahí salió una reflexión clara: todas las personas somos mucho más capaces de lo que a veces creemos. Fue uno de los momentos en los que mejor se vio esa mezcla tan particular que tiene Maldita Nerea entre canción, mensaje y conversación.
La recta final siguió abriéndose al público, esta vez con presencia destacada de niños y familias sobre el escenario. Hubo conversaciones con varios de ellos, bromas sobre quién había puesto la música de Maldita Nerea en el coche familiar, un pequeño guiño a “Bailarina” y una charla muy sencilla pero muy efectiva sobre qué es lo más valioso que puede tener una persona. Uno de los niños respondió que su familia; Jorge matizó que, en el fondo, la respuesta era el amor. Esa idea quedó flotando en el teatro como resumen bastante fiel del espíritu de la noche.
Y el cierre terminó de darle sentido a todo lo anterior. El concierto acabó con “El secreto de las tortugas”, la canción más conocida de Maldita Nerea y el primer gran éxito del grupo. Jorge la presentó además como esos cuatro minutos que marcaron el paso de querer ser músico a convertirse de verdad en músico. Fue una forma muy redonda de cerrar un concierto construido precisamente así: como un viaje por toda su carrera, por sus canciones y por la historia personal que hay detrás de ellas.
En definitiva, Maldita Nerea firmó en el Arriaga una actuación larga, muy cercana y muy bien pensada, en la que el repertorio avanzó disco a disco mientras el público entraba a formar parte del propio espectáculo. Hubo música, humor, emoción, improvisación y muchas historias compartidas. Y quedó claro que, cuando una banda tiene canciones que la gente siente como parte de su vida, un concierto puede convertirse en algo tan sencillo y tan valioso como eso: una noche de verdad.


(Redactor: David)

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