Crónica de Alejandro Sanz en el Bizkaia Arena BEC de Barakaldo

El Bizkaia Arena (BEC) vivió ayer una de esas noches donde la barrera entre artista y público desaparece. Alejandro Sanz, lejos de la pose de estrella inalcanzable, se plantó ante el abarrotado recinto —mayoritariamente femenino, aunque con una buena presencia de chicos— con la actitud de alguien que viene a pasar un buen rato entre amigos y hacer disfrutar a estos. Con el pabellón a rebosar y apenas unos minutos de retraso, Sanz arrancó el motor de la noche con la soltura de quien se siente en casa.
Bizkaia Arena BEC​Sanz comenzó con un «Buenas noches Bilbao» y una declaración de intenciones: un repertorio que, personalmente, me encantó, aunque siempre queda ese hueco por los temas ausentes de su primer álbum. Tras un inicio sólido con «Desde cuándo» y «Capitán Tapón», nos regaló un momento memorable con «Por bandera». Antes de interpretarla, nos hizo partícipes de su memoria, eso sí, con ese toque de humor habitual: «Esta canción la escribí en el 94» (rectificando amablemente con su director musical, Alfonso Pérez, que el año era 94 y no 95). Al decir que parecía escrita ayer, sacó una gran ikurriña que terminó en manos de una fan en primera fila, todo con esa sonrisa cómplice de quien sabe conectar con el respetable.
Pero llegó el momento de cantar «A la primera persona», canción que uno personalmente escuchaba en bucle en su momento y donde creo que el concierto hizo un clic hasta el final, donde el sentimiento subió al infinito.
Sin dar tregua durante algo más de 2 horas se vio a un Alejandro feliz y con ganas de hacer disfrutar a la gente, algo que sin duda consiguió.
​A lo largo de la noche, Sanz mostró una cercanía impropia de una estrella de su calibre, siempre envuelta en un tono bromista. No dejó de preguntar si estábamos a gusto, bromeando con que se sentía como nuestro «médico de cabecera», preocupado siempre por el bienestar de los asistentes en la zona de pista VIP y en grada, lo que arrancó más de una carcajada entre el público.
​Hubo un bloque narrativo donde Alejandro compartió, siempre desde la ironía, cómo su sueño infantil de ser futbolista se desvaneció al primer partido, y cómo sus intentos en la hípica no dieron fruto. Fue su padre quien, soñando por él, le regaló una raqueta que se convirtió en su primera guitarra. La anécdota del día, contada con gracia, fue la de su madre intentando apuntarle a kárate; al encontrar la academia cerrada, terminaron en la de música. «Todavía pienso que se han perdido un gran karateka», bromeó, antes de dedicar «Mi soledad y yo» a la gratitud por una carrera que le ha dado todo.
Mención aparte merece la puesta en escena. Durante todo el concierto, los efectos de la pantalla gigante situada detrás del escenario fueron, sencillamente, espectaculares. El apoyo visual no solo acompañó cada canción, sino que potenció la atmósfera de cada tema, creando paisajes digitales y juegos de luces que transformaron el pabellón en un escenario vivo y vibrante, elevando la experiencia a un plano estético de primer nivel.
Sanz reflexionó sobre el poder inabarcable de la música, pero siempre restándole solemnidad. Bromeó sobre cuánto tiempo llevábamos allí —»¿llevamos 5 horas?»—, subrayando que nadie se acordaba de nada fuera de esas paredes. Recordando al gran Jesús Quintero, lanzó una sentencia poderosa: «una canción no para un tanque, pero puede partirle el corazón al guerrero que lo conduce». Fue la introducción de «Hoy no me siento bien», un tema que presentó admitiendo que, cuando uno se levanta «jodido», como a él le pasó durante una época de su vida, lo mejor es decirlo.
​En otro pasaje de la noche, el romanticismo tomó el mando, pero Sanz no pudo evitar sus ocurrencias. Encontró a a los que el propio Alejandro bautizó Pedro y Ainara en la grada, y les pidió repetir la pedida de mano en directo. Tras un breve sondeo a las solteras del público y ver que prácticamente todas las mujeres levantaban la mano, remató con un divertido «bueno, es que no es lo mismo», dando paso al tema homónimo.

​Alejandro presentó a su equipo, destacando su calidad humana siempre con un guiño de complicidad:
-​Mirón Rafajlovic: El guitarrista y trompetista bosnio-gitano al que Alejandro fichó tras oír su swing en un viaje por Bosnia.
​-Karina Paisan: La primera en unirse al proyecto de médicos sin fronteras en Zimbabue y Nueva York.
-​Alfonso Pérez: Dirección musical; el veterano que «le quita las fans» a Alejandro, bromeaba el artista, añadiendo que su armonía hace que todo se ilumine.
​-Brigitte Sosa: Desde Canarias, el bajo eléctrico que no puede dejar de moverse; «si pudiera, duraría dos días», decía Alejandro sobre su ritmo y sex appeal.
-​Judith: La benjamina al trombón, llegada desde Cuba.
​-Chris Hierro: Desde República Dominicana y Nueva York, impecable en teclados y voces, brillando en «Deja que te bese» emulando a Marc Anthony.
-​Gisella Giurfa: Desde Perú, ganándose al público —y al artista— por llevar con orgullo la camiseta del Athletic.
​-Mike Ciro: El guitarrista del Bronx y Sicilia, de quien Alejandro confesó, en tono bromista, que le costó mucho confiar en él por sus raíces «sospechosas».
Ya hacia el final, bromeó con que, a falta de la «casita» de Bad Bunny, en el BEC teníamos nuestro «txoko». Se puso sentimental para una versión magistral de «¿Y si fuera ella?», antes de regalarnos un momento de pura delicadeza: solo él frente al piano con «¿Lo ves?». Finalmente, «Corazón partío» cerró la velada. Una primera parte fiel al original y un giro inesperado hacia un ritmo «maquinero» que puso a todo el BEC a saltar. Un cierre eufórico para una noche donde Alejandro Sanz demostró, una vez más, que la música es la mejor medicina del alma.
​En fin, espectáculo del gran Alejandro Sanz que todos conocemos, autor de tantos y tantos éxitos con un estilo propio que ha ido adaptando a lo largo de su carrera musical. Acompañado de su gran banda, su alegría y sus ganas de hacer disfrutar a la gente, el resultado fue, sencillamente, un conciertazo.

(Redactor: David R)

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