Crónica de Miguel Ríos en el Euskalduna de Bilbao
Miguel Ríos firma en Bilbao un “Último vals” de más de dos horas: ironía, memoria y Euskalduna en pie
El plan salió de manual: puntualidad, telón arriba y presentación a la vieja usanza. “Señoras y señores… ¡Miguel Ríos!”, anuncia el guitarrista, y el rockero entra en escena para abrir con Bienvenidos. Primer impacto: guiño directo al respetable en euskera, estirando el estribillo con un “ongi etorri” que activó a la sala a la primera. Intentó incluso un “jaun-andreak” con esa mezcla de intención y retranca que acabaría siendo el tono dominante de la noche: cercanía, humor y oficio. Y Bilbao, encantada.
El Palacio Euskalduna —en el marco del Negufest 2026 en Bilbao y Getxo— recibió a un público de mediana edad para arriba que venía con el guion aprendido: aquí se viene a cantar, a recordar y a comprobar si el mito conserva pulso. Spoiler: lo conserva, y además lo administra con una inteligencia escénica que muchos artistas más jóvenes querrían para sí.
Un “último” que no huele a despedida
Miguel presentó la gira y el concepto con la narrativa muy controlada. Citó su disco, habló de la carretera (“hasta final de año… o hasta que el cuerpo aguante”) y fue tirando de anécdotas como quien despliega una biografía sin solemnidad. Recordó que empezó hace 64 años, que un 3 de enero grabó su primer disco, que hubo quien certificó la muerte del rock como si fuera un parte médico, y se rió de aquel intento de convertirlo en “Mike Ríos” para hacerlo más vendible. El chiste fue el envoltorio; el mensaje, el de siempre: el rock no se jubila.
El concierto funcionó como una sucesión de canciones introducidas por pequeñas escenas. Antes de cada tema, Miguel lanzaba un comentario, un giro irónico o una mini-confesión. Hubo crítica social, también. Con un discurso sobre la educación machista que marcó a su generación, se miró al espejo sin ponerse moralista: “hola, soy Miguel Ríos y soy machista”, lo soltó en clave de terapia colectiva, para enlazar después con «No estás sola» como respuesta artística y, de paso, como toma de posición.
Y hubo política, claro. El “hombre del pelo naranja” —Donald Trump— se convirtió en objetivo recurrente de su ironía: un antagonista perfecto para ir tensando el relato sin romper el ritmo musical. La cosa culminó con la dedicatoria directa de «No es la tierra, estúpido. Eres tú», que sonó a titular y a ajuste de cuentas en el mismo paquete.
Acompañado por The Black Betty, Miguel tuvo el soporte perfecto para sostener más de dos horas sin perder tensión. Les presentó con bromas de camaradería (“tan unidos que se harían las colonoscopias juntos”) y con esa provocación consciente que maneja desde hace décadas, metiendo además una pulla sobre lo “complicado” del mundo actual y rematando con uno de sus chistes más gamberros del set.
La banda respondió con solvencia y versatilidad: arreglos nítidos, cambios bien medidos y un tono que equilibró elegancia y pegada. Además, Miguel tuvo un detalle de jerarquía bien entendida: reconocimiento explícito a Antonio Camacho en el sonido y petición del “aplauso grande” para los trabajadores del Euskalduna. Cultura de directo: cuando todo suena bien, se dice.
Picos emocionales: de la balada al himno colectivo
Entre los momentos de mayor calado estuvo «Oro irlandés», una balada preciosa que cantó sentado, bajando pulsaciones y ganando atención real. Y luego llegó el bloque de remontada vital: Miguel recordó el 77, sin discográfica, al borde de tirar la toalla, hasta que apareció «Vuelvo a Granada». La “cara B” que le cambió la vida fue «El río», y la jugó como un reto: o la cantaban con él o no había segunda parte. Euskalduna respondió como se esperaba: coros masivos y Miguel feliz, validando con un “¡qué gran público!” que sonó sincero.
En el tramo medio también hubo gestión estratégica del esfuerzo. Miguel se reservó un respiro y cedió foco a Luis Prado en «Estoy gordo» (con el subtexto cómico de “ahora vuelvo”), para regresar después y abordar Todo a pulmón con Luis Prado al teclado. El concierto volvió a crecer.
El repertorio combinó clásicos, material reciente y versiones con sentido. La más celebrada fue «Insurrección» (El Último de la Fila), que funcionó como palanca perfecta: guitarra, dinámica y una sala entregada. Hacia el final, con el combo “viejos rockeros” y el medley rockero, puso a todo el mundo en pie para mover caderas sin excusas.
En el encore llegó el estreno de «En la rampa de salida», presentado con un detalle que habla bien de él: explicó que es la única canción del set en la que no tiene nada que ver con la letra y que la compositora estaba entre el público. Luego cayó «Santa Lucía» (Roque Narvaja) y, tras ella, Miguel se colocó el pañuelo palestino, gesto cargado de lectura política sin necesidad de editorial.
Con «Oración», recordó que el texto es de Luis García Montero, nacido en el contexto de la guerra de Irak y vigente por la cantidad de conflictos que siguen ocupando titulares. Y el cierre fue el que exige la liturgia: «Himno a la alegría», final en modo estadio dentro del auditorio, con la gente cantando y el Euskalduna ya totalmente ganado.
Más de dos horas después, el broche llegó con foto final de banda y artista: acta de que aquí no hubo nostalgia barata, sino un veterano en control del relato. “El último vals”, en Bilbao, sonó a despedida solo en el título. En escena, Miguel dejó otra cosa muy distinta: continuidad, carretera y el recordatorio más simple de todos: el rock, cuando se hace con oficio y verdad, no muere. Se comparte.
(Texto: David)

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